Artículo que se publica en diferentes medios escritos en mi columna El barco ebrioSin pretender asumir una mirada estrictamente académica o formal, he anotado algunas ideas respecto a la nueva narrativa que se escribe en Puno y por escritores puneños, en general jóvenes, género que en los últimos diez años ha cobrado una renovación que merece ser tomada en cuenta y trasmitida, o compartida, con otras propuestas que se dan a nivel macrorregional o nacional.
Hay un consenso en señalar que no es precisamente la narrativa -novela o cuento- la que ha dado sus mejores nombres para engrosar las filas de los más importantes escritores del país, sino más bien la poesía y en otra medida la música, la pintura y el pensamiento, ya sea a través del ensayo literario, el periodismo o el pensamiento. Basta con recordar que el nombre más importante de las artes nacido en Puno es el poeta Carlos Oquendo de Amat, y están luego Theodoro Valcárcel en música, José Antonio Encina en pedagogía, Gamaliel Churata en pensamiento, Federico More en periodismo y Víctor Humareda en pintura. Es cierto que hay muchos y notables nombres más, pero esta es una mirada ilustrativa que puede dar pie a un análisis más completo.
Sin embargo, basta revisar algunos trabajos importantes como los estudios de Feliciano Padilla, Jorge Flores Aybar y Percy Zaga, principalmente, para tener una mayor mirada sobre la presencia de artistas de alcance regional y nacional, y algunas antologías nacionales para identificar los nombres de los artistas puneños bien posicionados en el espectro nacional.
La narrativa puneña ha experimentado una interesante renovación desde finales de la década del ochenta del siglo pasado, con autores jóvenes como Élard Serruto y otros experimentados como José Luis Ayala y Omar Aramayo. La mirada moderna de la condición humana, el manejo pulcro del lenguaje y los intentos de renovar la estructura del género eran algunas de las características de sus obras, influidas por la experiencia del periodismo y el rescate de la identidad andina. Posteriormente hacen un aporte importante narradores mayores como Luis Gallegos, Feliciano Padilla, Jorge Flores Aybar, Jovin Valdez, entre otros, donde lo común es el contexto andino en el que se desarrollan sus historias y ficciones. Al margen de ellos, y casi en el desconocimiento oficial, el juliaqueño Carlos Calderón Fajardo construía una obra sólida en el extranjero, con matices en los que lo andino pasaba a segundo plano.
Podemos anotar que los jóvenes que proponen una nueva narrativa en Puno, de manera responsable y decidida, son el ya mencionado Élard Serruto y Christian Reynoso. En ellos hay un punto en común, es el periodismo una suerte de punto de partida para su trabajo de ficción. El primero ejercía el periodismo en Arequipa y sus relatos iniciales eran, en realidad, crónicas periodísticas sobre sucesos cotidianos y sociales, que al ser redactados con un lenguaje hasta cierto punto poético adquirían ribetes de ficción. En el caso de Reynoso, su primer trabajo importante es una biografía sobre un periodista ejemplar, Samuel Frisancho, director del diario Los Andes.
La década del noventa transcurre con un nuevo auge de revistas de literatura, impulsadas siempre por la vehemencia e ímpetu de jóvenes soñadores y el aporte exiguo y casi arrancado a la fuerza por algunas instituciones. Es en esas páginas que se empieza a forjar la nueva prosa puneña, de manos de estudiantes de la Universidad del Altiplano y del Instituto Pedagógico, donde además se impulsa el estudio y el análisis crítico de la literatura a través de la elaboración de tesis universitarias y estudios de maestría. Esta etapa daría sus resultados muy pronto, pues han sido los profesores universitarios jóvenes quienes han terminado publicando interesantes libros de narrativa.
Muy pronto, en el tránsito de la década del noventa a la primera década del siglo veintiuno, la lista de autores jóvenes y los títulos de volúmenes de narrativa se han incrementado notablemente, tal vez en mayor medida que en otras regiones cercanas como Cusco o Arequipa. Aparece, entonces, Fidel Mendoza y se consolida Zelideth Chávez, y siguen en la fila autores como Adrián Cáceres, Bladimiro Centeno, Darwin Bedoya, Walter Bedregal, Miguel Angel Cáceres, Eleonor Vizcarra, Javier Núñez, entre otros, anotando de manera especial la presencia de Edwuard Huamán, fallecido trágicamente el año 2000 a los 25 años.
Hay, sin duda otros nombres, algunos de los cuales su obra no es muy conocida o la calidad no ha alcanzado aún los niveles que en conjunto han logrado los ya mencionados pero, como adelanté desde el principio, esta es una primera y panorámica mirada de un proceso artístico que deberá tener resultados más concretos los siguientes años.
En este punto debo destacar los aportes e intentos, espero por ahora silenciosos y aún solitarios, de profesores como los del colegio Bustamante de Lampa, donde se han publicado ya interesantes volúmenes de poesía, narrativa y mitos escritos por los propios estudiantes, y de cuya cantera saldrán nuevas voces y mejores perspectivas para enriquecer la literatura regional.
La nueva narrativa puneña tiene algunos rasgos que se hacen comunes a todos los narradores mencionados y que conformarían un nuevo imaginario de la ficción local, sin que eso signifique que se circunscriba solamente a Puno sino que a través de estas características se proyecte y trascienda fronteras. En primer lugar hay que destacar que los escenarios se definen con nombre propio y son precisamente la ciudad de Puno, algunas de sus provincias y las ciudades grandes aledañas, como Arequipa y Cusco, lo que convertirían a estas ciudades en protagonistas de las historias que se cuentan, de la misma manera los personajes son nombrados con nombres y apellidos comunes a la zona, lo que los hace más cercanos al lector que conoce el contexto y al mismo tiempo ilustra a lectores ajenos sobre realidades concretas de Puno.
Otro rasgo común entre los nuevos narradores es el uso del erotismo como excusa para que sus personajes manifiesten sus miedos, obsesiones, intereses o fracasos. “Salomé y otros cuentos”, de Javier Núñez, y “Días secretos”, de Bladimiro Centeno, por ejemplo, reúnen historias donde sus personajes, a raíz de una relación amorosa y erótica, terminan en la soledad mascullando su condición de seres abandonados o frustrados, o dándole un giro dramático a sus vidas. Sin embargo, hay que anotar que el manejo de temas como el del erotismo, requieren de un mayor dominio del lenguaje y de las técnicas narrativas para que no se convierta en el centro de atención del relato.
Los nuevos narradores han asumido también incluir en sus historias acontecimientos, sucesos y escenas de la vida cotidiana de Puno, como sus fiestas, espacios geográficos y hechos históricos para darles a sus personajes un lugar dónde resolver sus propias circunstancias. Así, la propia ciudad de Puno, como sus distritos y su gente, se convierte en personaje de los nuevos narradores, aunque hay que anotar que aún no se adopta, a través de sus obras, posiciones sociales o políticas que ayudarían a que la visión que se tiene de la ciudad sea también un referente para entenderla y motivar los cambios que requiere para no perder el paso de la modernidad.
Este detalle, como el que se opta por una narrativa más concreta, sin mucha retórica, aunque con lenguaje menos poético, ayuda a ser más digerible la nueva narrativa que, por otro lado, requiere aún más empeño para ordenar historias y usar adecuadamente el idioma, algo que sin duda llegará con la madurez intelectual de los nuevos narradores y el tiempo.
Foto: Vista de la ciudad de Puno, con el Lago Titicaca al fondo, escenario y protagonista de la nueva narrativa puneña.











