Este artículo se publica también en diferentes medios escritos, en mi columna El barco ebrio.Este mes se cumplen cien años del nacimiento de Juan Carlos Onetti, aquel huraño escritor uruguayo que, con el paso de los años, ha sido reconocido como el iniciador de la moderna novela latinoamericana, especialmente por quienes adquirieron fama y dólares precisamente durante el primer apogeo de la novelística escrita en América Latina y difundida comercialmente desde España, en los años sesenta del siglo pasado.
Veinticuatro años antes de que Mario Vargas Llosa inaugurara el denominado “boom” de la novela latinoamericana con “La ciudad y los perros” y cuando éste tenía nada más tres años de edad, Onetti había publicado una brevísima novela en la que un hombre cuarentón, solitario y deprimido, no tenía más horizonte que el que se le aparecía a través de una sucia ventana, en medio de una ciudad caótica, y más recuerdos que un lejano amor, inventado y obsesivo.
Por entonces, casi nadie se interesó en esta oscura historia, con un título que ilustraba de por sí la crisis sin salida del Eladio Linacero, personaje de “El pozo”. Salvo unos poquísimos amigos, tampoco nadie se interesó en la azarosa vida de su autor, un hombre de lentes gruesos y pocas palabras que para entonces había abandonado los estudios escolares por una huelga general, había ejercido oficios tan disímiles como cobrador de taquilla en un estadio o crítico de cine y se había casado dos veces, la segunda con la hermana de la primera, que además era su prima.
Ya para cuando los jóvenes Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante o Cortázar disfrutaban del éxito de sus novelas –La casa verde, Cien años de soledad, La muerte de Artemio Cruz, Tres tristes tigres y Rayuela, respectivamente- Juan Carlos Onetti se sobreponía a ellos con sus novelas más maduras: “El astillero” y “Juntacadáveres”; entonces la crítica tuvo que mirar hacia atrás y descubrió que había novelas como “La vida breve” o “Para esta noche”, o cuentos como “La casa en la arena” o “El infierno tan temido” en las que se aparecían y desparecían personajes dramáticamente desarraigados no solo de sus ciudades sino de sus propias personalidades, y vagaban de una historia a otra contagiando una deprimente condición humana.
Fue un importante hallazgo para la literatura universal, sin embargo, muy pocos seguían interesados en la vida de este autor que esquivaba entrevistas, trabajaba como bibliotecario y periodista, se emborrachaba en congresos de escritores, se escondía en su casa a leer novelas policiales, opinaba contra el abuso del poder y se casaba dos veces más, hasta que la dictadura militar lo obliga a exiliarse en España, en 1974. Para entonces, la vida de Onetti ya se había convertido en un mito que, hasta hoy, a quince años de su muerte, no se ha podido desentrañar y, por el contrario, es alimentado por el carácter tan reservado, áspero y huidizo con que manejó su propia historia personal.
Hay dos mundos en los que Onetti desenvuelve su vida. El mundo de la realidad, donde él mismo construye, enreda y desenreda su existencia terrenal, la que biógrafos y entrevistadores han tratado de explicar a raíz de las declaraciones, opiniones y frases que ha ido soltando, a pesar suyo, a lo largo de su escaza vida pública. Y el mundo de la ficción, donde les presta su voz a médicos fracasados, periodistas oscuros y corruptos, empresarios derrotados, prostitutas ingenuas, esposas desquiciadas, asesinos infelices, quienes a su vez crean sus propios mundos, viven sus ficciones, en una ciudad creada especialmente para ellos por uno de ellos, José María Brausen, el hacedor de todo. El propio Onetti aparece en sus propias historias, de espaldas, silencioso, como si estuviera listo para no corregir el trágico destino de sus personajes.
Los críticos coinciden en que este sería el mayor mérito de Juan Carlos Onetti, un mérito que no conseguiría éxito, pues varias de sus novelas llegaron a ocupar nada más que segundos lugares en los premios que tentó. Alguien recoge la anécdota de que cuando Vargas Llosa gana el Premio de la Crítica por “La casa verde” y Onetti obtiene el segundo lugar por “Juntacadáveres”, ambas historias de prostíbulos, el uruguayo habría dicho “es que el prostíbulo de Mario tenía orquesta”. Esta sola frase puede recoger el sarcasmo con que Onetti refleja sus dos mundos, ambos llenos de fracasos y casi éxitos.
Juan Carlos Onetti nació en Montevideo, el 1 de julio de 1909, cuando su pequeño país era aún el modelo de la modernidad en América Latina y cuando el modernismo empezaba a ceder ante el insurgente indigenismo. Murió el 30 de mayo en Madrid, dedicado exclusivamente a leer novelitas policiales en su cama y luego de haber recibido el Premio Cervantes de Literatura, el mayor reconocimiento a una obra escrita en castellano y donde recién se fue difundiendo su obra completa, en la que además de las novelas y los cuentos hay artículos periodísticos, hasta una historia que ha sido publicada este año, luego de haber permanecido perdida por varias décadas.
Onetti no es un autor difícil, como han dicho quienes se han acercado a su obra con el perjuicio de entra a un mundo sórdido y peligroso, sólo se requiere atención para descubrir la punta del hilo con el que se han tejido las complejas historias, humor para asimilar la tragedia humana que nos es mostrada a través de personajes muy cercanos a nosotros, una cultura que nos permita entender nuestro propio mundo y cariño para acercarnos al corazón de este huraño viejo con espalda de puercoespín, al que sería imposible no querer abrazar.










